JARJACHA, EL ENGENDRO DEL INCESTO

Una horrorosa criatura mora desde hace siglos por Los Andes al centro y sur de Perú, aterrando a los lugareños, despertando a los aldeanos y persiguiendo a los pastores cordilleranos. En parte humana y en parte bestia (como sucede con muchos otros seres fabulosos de la mitología de las Américas) ha sido llamada Jarjacha, Jarjach, Carcacha, Qarqacha y Carcaq, entre otras denominaciones parecidas y propias de este espíritu oscuro que, de alguna manera, logra convivir con los mortales en el mundo material.

Las tradiciones señalan al Jarjacha como un ser solitario o bien como una raza  completa de monstruos habitantes de montañas y valles que pertenecieron al extinto Imperio Incásico, en la medianía interior del país. Su presencia suele reportarse en caminos solitarios, pampas, chacras, campos inhóspitos y pueblos abandonados, especialmente en zonas como Ayacucho, Hancayo, Cusco, Arequipa, Juliaca o Puno. Es esencialmente nocturno, según todo indica: sus apariciones se dan desde pasada la medianoche hasta el alba que anuncia a la mañana, rara vez antes o después. En donde se haya tenido noticia de un avistamiento, por lo demás, será raro el lugareño que se atreva a pasar por las noches.

Fundamentalmente, se trata de un ser con rasgos como de llama, alpaca o guanaco y rostro inquietantemente parecido al de un humano, de mirada inteligente pero perturbadora. Es probable que su esencia provenga de tradiciones precolombinas, pero la irrupción del cristianismo acabó convirtiéndolo en un demonio o "diablo suelto" que aterra a las comunidades de indígenas residentes en aquellas comarcas altas y frías. El mismo contacto con los europeos trajo también las posibilidades para versiones del engendro en donde este se presenta como un hombre diabólico con extremidades y rasgos de caballo, mula o burro. Otra variante muy popular es la de un camélido andino con dos cabezas, ocasionalmente tres, cada una de ellas con ojos como de fuego y frecuentes cornamentas demoníacas. También se presenta como una llama hórrida de enorme pelaje, con lanas serpenteantes y fantasmales flotando sobre los campos.

En sus "Apuntes para el folklore peruano" dice Manuel E. Bustamante que este monstruo es cuadrúpedo, aunque existen varias descripciones del mismo como un bípedo humanoide. Siempre vaga buscando a sus próximas víctimas mientras grita repetitivamente a la luz selenita "¡Qar, qar, qar!" o "¡Jar, jar, jar", sonido perturbador ante el cual para muchos se hace ineludible correr a buscar refugio. "La madre, más sensible y tierna con los hijos, llama al perro que ladra, al hijo que duerme y al esposo que ronca, repitiendo: Jesús-María, imañacha caija; plaga musiarjamun; mailjillanraj janracuchan...", informa el mencionado autor.

Fuente imagen base: IG del escritor Martin Girona.

El Jarjacha surgiría de algo considerado un tabú inmundo entre las comunidades andinas: el incesto, cuya práctica es temida incluso por desatar caos cósmico y maldiciones sobrenaturales, como se lee en "Evolución mítica en el Imperio Incaico del Tahuantinsuyo" de Recaredo Pérez Palma. Por esto es que su nombre era usado como agravio o forma peyorativa contra otros, justamente, figurando otros seres mitológicos con el mismo anatema como la Runamula (mujer con mitad inferior de mula), según se ve en "Breve bestiario peruano" de Daniel Cossíos. Se supone incluso que un pueblo entero recibió un castigo divino por dichos comportamientos, siendo convertidos todos sus miembros en tales criaturas quiméricas.

Su condición de hombre-animal, además, representa las deformidades de la endogamia y quizá alude también a la zoofilia, otro concepto despreciable en la moral de grupos andinos. Se decía también que los sacerdotes y misioneros de tiempos coloniales que abusaban o se relacionaran sexualmente con indias fértiles terminaban engendrando esa clase de híbridos.

La única forma de eliminar al Jarjacha que insiste en acosar a algún poblado es con una emboscada o cacería entre varias personas armadas de forma material (lanzas, hachas, cuchillos, barretas, mazos, etc.) y espiritual (crucifijos, rosarios, agua bendita, reliquias sacras, lecturas de oraciones, etc.). Ir a enfrentarlo solo o incluso en un grupo muy reducido es algo inoficioso: en el mejor de los casos, sus víctimas perderán irremediablemente el juicio, ya que su sola presencia desata delirios y pánicos incontrolables, siendo capaz de hipnotizar a sus víctimas o abusar de ellas en todas las formas imaginables.

En vez de la confrontación, entonces, es mejor espantarlo preventivamente cuando se escuchan sus horripilantes gritos cerca, algo que se logra respondiendo con insultos a viva voz y demostrando disgusto con exageración, para que los oiga en la lejanía. Pero, si su aproximación se vuelve ineludible, entonces se puede sacar un espejo y ponerlo ante su rostro: confrontado con su propia y grotesca fealdad, el Jarjacha sale huyendo de miedo, estupor y vergüenza. De todos modos, debe tenerse en consideraciones que su aparición en un lugar suele ser símbolo inequívoco de que alguien en la comunidad ha cometido o está cometiendo terribles pecados parecidos a los que dieron origen a este demonio, por lo que se da inmediato aviso al respectivo párroco para tomar las medidas correspondientes.

Comentarios